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La sapidez de la imposibilidad

¿Por qué el ser humano siempre quiere lo que no puede tener? Se trate de mujeres, trabajos o por qué no (como diría Marcel Schwob) de vidas imaginarias que lo aparten a uno de su realidad cotidiana.
Como si la vida no fuera lo suficientemente complicada per se para enredarla aún más con una serie de "retos" cuyos destinos son el fracaso y la frustración.
Otra historia:
Todas las tardes, Raquel salía de la secundaria y rápidamente se dirigía a la calle de Niño perdido a ver a su novio Tomás. Vestida con falda gris, sweter verde atado a la cintura y su blusa blanca, la colegiala repetía día a día sus movimientos, y justo antes de las tres de la tarde, asomaba su pequeña cabeza por entre las ramas de un vasto matorral, para así con distancia, observar como su enamorado comía frente a su lugar de trabajo.
A Raquel poco le importaba lo que la gente le decía. Ella realizaba su día con sólo observarlo aunque jamás hubiera cruzado una palabra con él. Aquella diferencia de 15 años entre ambos le era pequeña como a quien mata una mosca con toda displicencia.
Por las tardes, la adolescente regresaba corriendo a su casa. Luego de cumplir con sus tareas y finiquitar el plato de sopa de tortilla que su mamá a diario le imponía bajo el argumento "la tortilla te hará crecer", escribía páginas enteras de su vida paralela junto a Tomás. Se imaginaba el momento en que lo presentaría a sus papás, o bien, paseando juntos por Ciudad Universitaria. Se proyectaba en un largo romance donde sólo el tiempo los separaría, pero no antes de un matrimonio exitoso, duradero y productivo con cuatros hijos.
—Te preparé el desayuno— dice Raquel una mañana de sábado al percatarse que Tomás ha despertado— Los niños ya están listos para el juego.
—Te he dicho que me despiertes temprano. No me gusta andar deprisa.
—Sabes que me gusta dejarte descansar, mi amor— argumenta al tiempo que sirve un par de huevos con tocino en un plato cuya vajilla está decorada con flores multicolores.
(Inconclusa)

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