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¿Alguién conoce a Araceli? (1era parte)

La conocí hoy. En realidad la reconozco siempre que la observo. Con su falda a cuadros rojos, sus medias negras y su nombre colgado de la solapa izquierda. Araceli me atendió sólo una ocasión en el restaurante Barón Rojo del aeropuerto internacional de la ciudad de México. Ella tal vez no lo sabe pero el café del lugar simplemente es malo, los sandwiches que ofrecen tienen tanta carne como un perro de la calle, y la distancia para llegar ahí..., ¡vaya que me queda lejos!
La historia comenzó así:
—Buenas tardes ¿le ofrezco algo de nuestro bar? —preguntó mientras me ofrecía el plastificado menú de portada roja al que sólo desvío el interior de mis cuencas para observar su rostro reflejado en él.
—Para mí sólo agua— respondí sin haberme percatado de quién se trataba.
—Únicamente embotellada ¿está bien?
—Si, gracias— continuaba mi ceguera.
Mi acompañante, un experimentado ingeniero petrolero a quien iba entrevistar (porque mi profesión es periodista y mi vocación es pesimista), solicitó una conga y un club sándwich, los cuales duraron poco frente a su plato.
Fue hasta el momento de recibir aquella bebida compuesta de tres jugos que miré a Araceli y algo dentro de mi se rompió. Aún cuando no me atendía a mí, yo agradecía todos sus detalles; al pasar junto a nosotros esa conversación perdía todo sentido y mi atención era acaparada por la cleopatresca nariz en forma de pequeña aceituna que Araceli tiene. Sus ojos cultos por las sombras de una luz artificial así como es la felicidad de este país, me intrigaban profundamente. ¿Y qué decir de sus curvas? armoniosas como el flujo de un río virgen que aunque pequeño sigue su camino.
Y el luto comienza
—La cuenta por favor —ordenó Víctor.
Instantes más tarde Araceli regresó con mi pequeña muerte sobre un papel blanco impreso por una máquina registradora. Ni siquiera tuve oportunidad de conocer su letra.
—Aquí tiene. ¿Desea agregar propina a su cuenta, señor?
—El 10 por ciento por favor.
—Gracias— dio la vuelta y se fue.

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