Esta mañana recordé aquel aniversario en el que como todos los años mis padrinos Chela y Poncho llegaron de visita. Esa ocasión fue diferente pues en lugar de una caja grande envuelta con hartos colores, mi madrina cargaba delicadamente en su mano izquierda un paquete mucho más interesante. Era de una forma rectangular, negro y encima traia un moño naranja (de pequeño mi color favorito siempre fue el naranja). Pronto pasamos a la sala y los adultos comenzaron con sus largos protocolos de diplomacia. Yo tendría ocho años tal vez y los niños de esa edad no entendemos de esas cosas. Yo sólo estaba preocupado por mi futuro obsequio, por destrozar la cobertura y arrojarla a la basura. Luego de varios minutos de angustiosa espera, tres cubas y un tequila servidos llegamos al momento, no esperado, anhelado. Comencé a hacer lo propio y rápido llegué a la caja. Con escaso cuidado la abrí y descubrí..., (en unos dias la segunda parte)
Por Edgardo Jiménez El pasado 15 de septiembre pudo haber sido como cualquier otra noche. Presenciar el grito que conmemora un aniversario más de nuestra indepencia de España no se ha tornado sólo en tradición familiar para disfrutar de tamales, pozole, quesadillas y tacos, sino una forma de recuperar nuestro nacionalismo casi inexistente y cada vez más golpeado por la inestable economía que poseemos; de alejarnos de las declaraciones grises de funcionarios y políticos que en lugar de brindar esperanza, muestran el cinismo de nuestra clase política. No obstante, dicha fecha cambia sus tintes cuando se vive fuera de México. El reconocerse como extranjero, lejos de su país por varios meses, y con pocos contactos a sus raíces trasforma lo aburrido de la celebración y lo vuelve en un evento lleno de nostalgia. "Amor eterno" o "Mujeres divinas". La música de los Tigres del Norte, aquel "Viva México" repetido tres veces, e incluso el poco con...