Hace mucho que no escribo sobre Montreal. Imagino que con el tiempo, lo que al principio fue toda una aventura gracias a cada pequeño descubrimiento, ahora se ha vuelto más rutinario. No me mal interpreten, creo que puedo vivir el resto de mi aburrida y gris vida aquí y seguiré aprendiendo cosas interesantes.
La mayor parte de todas mis lecciones las he recibido de este espíritu idealista, impetuoso, que se asemeja al mar pues es hermoso cuando esta tranquilo e incontrolable cuando se molesta. Me refiero a Michelle Mélanie Langlois; si, mi novia, confidente y amiga. Ella no sólo me ha ayudado con el francés, y vaya que llevamos dos años juntos y aún sigo mejorando muchas, muchas cosas.
Gracias a ella he conocido el cine, la literatura, las expresiones, la cultura…, la gente de Québec.
Juntos hemos discutido de política, arte; del futuro pero también del pasado, de lo que significa poseer una buena memoria para tener una base sólida en lo que construimos.
Evidentemente, soy afortunado de gozar de su presencia por todo lo que ella implica. Basta sólo preguntarse cuántos inmigrantes tienen esta fortuna de codearse con un “pure laine” (pura lana) todos los días.
Hace mucho que no escribo de Montreal… (primera parte)